La princesa se fue de viaje

Escrito por Diego Olivas Arana,

Carrie Fisher ha fallecido hoy, a los 60 años, a los 8:55 a.m. en un hospital en Los Ángeles.

La noche de ayer conversaba con un amigo sobre los distintos personajes famosos en la política y la cultura que han partido este año. Un comentario breve que nació al recordar la reciente muerte de George Michael hace dos días. Veo listados de estas muertes en las redes sociales, referencias digitales al dolor por tales partidas, maldiciendo al 2016 por Fidel, Prince o Juan Gabriel… Y pienso que es un absurdo culpar al presente año que se va, lo válido o curioso sería cuestionarse qué ha provocado que este número de muertes importantes acontezca en un espacio tan reducido de tiempo. Hace poco, un taxista evangelista me dijo que esto, junto a la muerte del embajador ruso en Ankara, los constantes terremotos y Trump se debían a la influencia del planeta 7X, más conocido como Nibiru, que presagia la segunda llegada de Jesucristo, próximamente. ¿Será que Zsa Zsa Gabor, Leonard Cohen o Muhammad Ali no fueron escogidos entre los salvados por El Redentor?

Al mismo tiempo, acaso abstrayéndome en disquisiciones metafísicas, pienso que morir, incluso, sienta bien. Todos moriremos, es parte del contrato de errar por este planeta. En ‘El Silmarillion’ (1977), Tolkien nos dijo que los humanos albergábamos el don de la muerte, envidia de muchas criaturas inmortales, condenadas a vivir en el mundo material, invadido de guerras, desamores y relaciones siempre finitas. Más que lamentar, deberíamos estar orgullosos y agradecidos de haber vivido en la misma línea temporal y la misma ciudad de Oswaldo Reynoso, por ejemplo, fallecido en mayo. Rememorar al personaje de turno, retornar a sus libros, películas o su biografía: repensar su importancia con nostálgica gratitud. Lo dijo el mismo Yoda en ‘Revenge of the Sith’ (2005): “La muerte una parte natural de la vida es. Regocíjate por aquellos que te rodean y que se transforman en La Fuerza. Llorarlos no debes. Añorarlos tampoco. El apego a los celos conduce. La sombra negra de la codicia, eso es”. La gente se muere, su historia permanece. De eso se trata.

Vuelvo a todo esto al descubrir hoy de súbito que Carrie Fisher falleció por la mañana a causa de un ataque masivo al corazón. La noticia me ha afectado de una forma insospechada. Me entristece saber que ya no forma parte de mi galería de leyendas vivas, que jamás la veré en alguna convención en Estados Unidos o algo por el estilo, ni tendremos la fotografía juntos -quizás con mi action figure de Leia de 1977, heredado de mis hermanos mayores-… El viernes pasado, cuando se dio la noticia de su infarto, mi preocupación fue inmediata, y pronto me invadió un único, fugaz y acaso egoísta pensamiento: que aguante al menos unos cuatro años, cuando ya esté culminada la nueva trilogía y podamos disfrutar de Leia en su último esplendor. Dijeron luego que se hallaba estable y olvidé el asunto. Todo bien. Mark Hamill publicó el día de ayer en su Instagram un mensaje que decía: ‘Querido Santa, lo único que pido por Navidad es que La Fuerza sea fuerte con Carrie”. Y sucedió. Su desaparición se confirmó hoy, con el mensaje de su hija Billie Lourd, quien la acompañó hasta el final en el centro médico junto a Gary, el incondicional bulldog francés con el que Carrie viajaba alrededor del mundo. “Ella fue amada por el mundo y será profundamente extrañada”, anunció su hija, quien tuvo un pequeño cameo en la última película de la saga. Es una realidad. Carrie Fisher ha muerto. La Princesa Leia Organa de Alderaan se ha hecho uno con La Fuerza. Y dentro de todo, más que pena, la evoco con alegría, por haber compartido con ella, de alguna forma idílica, mi devoción por la saga de Star Wars.

Carrie Frances Fisher (1956-2016) no ha sido la primera actriz de Star Wars en expirar este año. Ya en abril se fue Erik Bauersfeld -quien interpretó a diferentes alienígenas, entre ellos el entrañable Almirante Ackbar- o en agosto Kenny Baker -R2-D2, una insignia de la franquicia-. Sin embargo, su muerte es definitivamente la más importante, tanto para los aficionados a esta galaxia muy, muy lejana, como para la historia del cine y la cultura pop en general. Personalmente -y esto es muy relativo- representa, junto a la de Bowie y Fidel Castro, la muerte más significativa del año.

Fruto de la unión de estrellas fósiles de la talla de Debbie Reynolds y Eddie Fisher, Carrie fue una hija de Hollywood. Una actriz que volcó en celebridad a los 19 años con ‘A New Hope’ (1977), la primera película de Star Wars -y el cuarto episodio de la saga-. Luego la veríamos en el resto de la trilogía, ‘The Empire Strikes Back’ (1980), ‘Return of the Jedi’ (1983) e incluso en la última, el séptimo episodio, ‘The Force Awakens’ (2015). Este año palpamos nuevamente la magia sideral de contemplarla joven y onírica como la princesa Leia Organa en Rogue One: A Star Wars Story, gracias a la interpretación de Ingvild Deila y el recreo de su efebo rostro con técnicas digitales. De haberse sabido su cercana muerte, la película bien podría estar dedicada a ella, como lo está al gran Peter Cushing. No se ha confirmado si terminó de grabar sus escenas para la nueva película, que se estrenará a fines del próximo año. Fisher todavía tenía mucho que entregar a la saga.

Sin embargo, si bien Star Wars sería aquello que la catapultase al éxito y la recordará para siempre, no fue lo único reconocible en su trayectoria. La actriz, guionista, escritora, productora y oradora Carrie Fisher actuó en otras memorables películas, como ‘The Blues Brothers’ (1980), ‘Hannah and Her Sisters’ (1986), ‘When Harry Met Sally…‘ (1989), entre otras. Publicó diversos libros y guiones, por lo general autobiográficos, como ‘Postcards from the Edge’ (1987), la novela ‘Surrender the Pink’ (1990), ‘Wishful Drinking’ (2008) -que se adaptó al teatro y luego como un documental de HBO-, o su nuevo libro ‘The Princess Diarist’ (2016), cuya gira realizaba durante su muerte, aquel que reveló su affair con Harrison Ford. En muchos de estos títulos narró los avatares de su adicción a las drogas, como el LSD, y de sus problemas con la salud mental, como su desorden bipolar. Fisher vivió una intensa juventud que le costó en parte tanto su fama como su salud, pero que también reflejó una cualidad esencial: su habilidad para comunicarse y llegar a los otros a través de su experiencia personal. Este año, la universidad de Harvard la condecoró por sus esfuerzos en torno al activismo y diálogo sobre la adicción y las enfermedades mentales, que ‘promueven el discurso público sobre estos temas con creatividad y empatía’.

Fisher amaba a Leia Organa. Decía que su momento preferido de la princesa era aquel en que ahorca a Jabba el Hutt hasta la muerte. Como ella, muchos fanboys, especialmente aquellos que me precedieron, en los ’80, crecimos queriéndola: esa fuerza y carisma, acompañadas de frases icónicas como ‘Ayúdame Obi-Wan Kenobi, eres mi única esperanza’ o la entrañable respuesta a Han Solo luego de rescatarlo secretamente de la carbonita: ‘¿Quién eres?’, preguntó él, cegado brevemente por la criogenia, ‘Alguien que te ama’, respondió Leia, sacándose el casco y besándolo. El rostro de Leia, el de Carrie Fisher, prevalecerá en nuestra memoria como un canon antiguo de belleza, ajeno a las rubias bronceadas y gráciles de hoy. Quizás una belleza ‘más elegante y de una era más civilizada’, citando a Ben Kenobi sobre los sables láser. Lo dijo el encantador Lando Calrissian al conocerla en Cloud City: “Realmente perteneces aquí con nosotros, entre las nubes”. Hoy volveré a ver ‘Rogue One’ en nombre de Carrie Fisher. Leia Organa de Alderaan. May The Force be with you, always.

– En la foto: Fisher como Leia en una captura detrás de cámaras de ‘The Empire Strikes Back’ (1980). Tenía 24 años.

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